EL VIAJE DE LAS ALMAS AL MÁS ALLÁ. EL INFIERNO DE LOS GRIEGOS

DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE en NATIONAL GEOGRAPHIC

Según la mitología, tras la muerte las almas de los hombres iban a parar a un lúgubre reino subterráneo, gobernado por el terrible dios Hades y su esposa Perséfone. Héroes como Orfeo, Heracles o Ulises se atrevieron a visitarlo.

Al igual que el cristianismo y otras religiones creen en un Más Allá donde pervive el alma, los griegos de la Antigüedad también imaginaban un inframundo al que las almas de hombres y mujeres eran conducidas tras su muerte. Para los griegos, el reino de los muertos estaba bajo el poder de Hades, hermano de Zeus y Poseidón. Estos tres dioses viriles y barbados, que encarnan la masculinidad regia en el panteón griego, se repartieron los diversos ámbitos de nuestro mundo tras derrocar a su tiránico padre Crono y vencer a los poderosos Titanes en una épica lucha por el dominio del universo.

Conocer el Más Allá

La visión que tenían los griegos del Más Allá cambió con el tiempo. Al principio, el inframundo o Hades –como se le llamaba por el dios que lo gobernaba– parecía un lugar poco deseable, como cuenta a Odiseo (el Ulises romano) la sombra del héroe Aquiles en un episodio de la Odisea de Homero; Aquiles manifiesta su deseo de volver a la tierra como sea, incluso como un simple jornalero. Sin embargo, al menos desde el siglo VI a.C. se empezó a ver el Más Allá desde una perspectiva ética, con una división de los muertos entre justos e injustos a los que corresponden premios o castigos según su comportamiento en vida. Así, se creía que los justos se dirigían a un lugar placentero en el Hades, los Campos Elíseos, o a las Islas de los Bienaventurados, el reino idílico del viejo Crono, convertido en soberano de ese Más Allá. Seguramente esta nueva concepción del inframundo obedecía al desarrollo de la idea de la inmortalidad del alma, e incluso a la introducción del concepto de reencarnación por parte de algunas sectas religiosas y filosóficas.

El deseo de conocer cómo era el Más Allá para encajar nuestra alma mejor en él propició el desarrollo de uno de los motivos más fascinantes de la cultura griega: el descenso a los infiernos o katábasis. La literatura griega posee numerosos relatos sobre héroes míticos o épicos, así como filósofos o figuras chamánicas, que descendían al reino de Hades para cumplir una misión, obtener conocimiento religioso o, simplemente, probar la experiencia mística de morir antes de la muerte física para conseguir un saber privilegiado. Una de las historias más famosas es la del cantor Orfeo, figura mítica que se convertiría en patrón de una secta mistérica de gran predicamento, que garantizaba a sus iniciados una vida más feliz después de la muerte. Otros héroes viajeros, como Odiseo y Eneas, o figuras divinas como Dioniso y Hefesto, coinciden en la peripecia de ida y vuelta al inframundo.

Hubo asimismo figuras semilegendarias a las que se atribuyó un especial conocimiento del Más Allá gracias al vuelo del alma o démon para visitar esas regiones antes de su hora postrera. Un ejemplo es Abaris, un mítico sacerdote de Apolo Hiperbóreo que, según la leyenda, viajaba sobre una flecha de oro voladora y era amigo de Pitágoras. O Zalmoxis, un chamán tracio del que se cuentan extrañas noticias sobre un descenso subterráneo para mostrar que era capaz de morir y renacer. Otro caso es el del viajero y poeta Aristeas de Proconeso, del que se contaba que cayó muerto en un batán y luego fue visto en distintos lugares. Decía de sí mismo que había acompañado a Apolo en un viaje espiritual transformado en cuervo. También el filósofo Pitágoras realizó varios descensos al otro mundo a través de grutas.

Entradas infernales

Tan enraizada estaba durante la Antigüedad la creencia en el inframundo, que existían numerosas tradiciones que situaban la entrada al infierno en puntos geográficos concretos. Podía tratarse de lagunas, pues el agua era el elemento conductor por excelencia, como el lago del Averno, cerca de Nápoles, que ocupa el cráter de un volcán extinto y cuyos gases tóxicos acababan con la vida de las aves que intentaban anidar en sus proximidades. También podía tratarse de grietas en el suelo, como la que se abría bajo el Plutonio o Puerta de Plutón en Hierápolis (actual Turquía), o una fisura en Sicilia, en la antigua Ena, por donde se decía que Hades salió del inframundo para raptar a Perséfone.

Algunas grutas o cuevas que también se han considerado puertas al infierno son la cueva Coricia, en una ladera del monte Parnaso, cerca del santuario del dios Apolo en Delfos, o las cuevas del cabo Ténaro en Grecia. La boca al infierno por excelencia en Occidente se identificó con la cueva de la Sibila en Cumas, cerca del lago Averno, lugar donde vivían estas mujeres que podían profetizar el futuro. En la Eneida de Virgilio, el príncipe troyano Eneas, guiado por la Sibilia de Cumas, entra en la cueva para acceder al reino de Hades.

Estas grutas de paso al Más Allá se encontraban a menudo junto a importantes oráculos: el de Éfira, donde una tradición afirma que Ulises bajó al inframundo por indicación de la maga Circe para consultar el espíritu del adivino Tiresias; el antiguo oráculo de la diosa Gea (la Tierra) en Olimpia, bajo el cual se abría una grieta en el suelo, según Pausanias; el oráculo de Apolo en Ptoion; el santuario oracular de Trofonio en Lebadea, o el oráculo que había en Heraclea Póntica (en la actual Turquía), míticamente situado en la desembocadura del río Aqueronte, al Oriente. Hoy en día hay allí una gruta llamada Cehennemagzi (en turco, "puerta del infierno").

La geografía del inframundo

Las múltiples descripciones del Hades por autores antiguos y modernos permiten representar el desolador paisaje del infierno de los griegos, repleto de lugares horrendos. Tras entrar por cualquiera de las bocas del infierno existentes, el difunto se dirigía a la orilla del Estige, el río que rodea el inframundo y que cruzaba a bordo de la barca de Caronte. En la otra ribera el alma se encontraba con el guardián Cerbero y con los tres jueces del inframundo. Los autores explican que en su penar por el Hades las almas encuentran tres ríos de infausto recuerdo: el Aqueronte o río de la aflicción, el Flegetonte o río ardiente y el Cocito, el río de los lamentos. También separan nuestro mundo del Más Allá otros lugares prodigiosos, como las aguas del Leteo, el río del Olvido, que John Milton describe en su Paraíso perdido. Las almas de los justos van a parar a lugares felices como los Campos Elíseos o las Islas de los Bienaventurados. Los iniciados en los misterios, que a veces se hacían enterrar con instrucciones para emprender su viaje, se aseguraban la llegada sin problemas a los Campos Elíseos invocando el poderoso nombre de Deméter, Orfeo o Dioniso. Por último estaba el Tártaro, lugar de tormento eterno donde iban a parar los condenados.

Otras datos sobre el inframundo

El guía de las almas 
Hermes, mensajero de los dioses y guía de las almas hacia el inframundo, aparece rodeado de los espíritus de los difuntos que esperan a orillas del Estige para ser transportados por Caronte al reino de Hades. Óleo por Adolf Hirémy-Hirschl. 1898. Galería Belvedere, Viena.


La pasión del dios infernal
Gian Lorenzo Bernini  recrea el rapto de Perséfone contemplado por el can Cerbero. 1622. Galería Borghese, Roma.

Monedas para pagar el pasaje
Era costumbre colocar en la boca del difunto una moneda para pagar el viaje a Caronte. Si el alma no disponía de moneda, se veía obligada a vagar durante cien años por las orillas del Estige hasta que el barquero accedía a llevarla gratis. Moneda con el rostro de Perséfone, 260 a.C. Numismática Jean Vinchon, París.


Cortejo funerario 
En los entierros, las mujeres iban detrás del cortejo y sólo podían acudir si tenían más de 60 años, a no ser que fueran familiares próximas. En cambio, para los ritos fúnebres se contrataban flautistas, cantantes, plañideras y danzantes, como las que aparecen en esta escena, procedente de una tumba de Ruvo, en la Campania, del siglo IV a.C.
Hipnos y Tánatos 
En las tumbas, sobre todo las femeninas, se acostumbraba a disponer como ofrenda un tipo de cerámica característico, el lécito, de color blanco y decorado con escenas apenas esbozadas. El que se reproduce junto a estas líneas, atribuido al llamado pintor de Tánatos, muestra a los gemelos Hipnos y Tánatos levantando el cuerpo de un guerrero. Siglo V a.C. Museo Británico, Londres.

Los jueces del inframundo 
Gustave Doré realizó en el siglo XIX esta inquietante pintura en la que aparecen los tres grandes jueces del inframundo: Minos, Radamantis y Éaco, entronizados y dispuestos a juzgar a la miríada de almas que se agolpan temerosas y desesperadas a sus pies. Museo de Bellas Artes de La Rochelle.


Heracles y Cerbero 
Uno de los doce "trabajos" de Heracles consistía en bajar a los infiernos para llevarse al can Cerbero. El héroe se presentó ante Hades para pedirle que le prestara a su guardián. El dios accedió, siempre y cuando Heracles pudiera atraparlo con las manos desnudas. Éste es el momento que recrea muy gráficamente el óleo de Domenico Pedrini, que muestra al héroe, con su clava y cubierto con la piel de león, arrastrando encadenado al fiero can fuera del Hades. Siglo XVIII.

Sísifo 
Tiziano muestra en este óleo, pintado entre 1548 y 1549, el terrible castigo al que fue condenado Sísifo, el embaucador que se había atrevido a engañar al mismísimo dios infernal. Fue condenado a empujar una enorme roca hasta lo alto de una colina, para luego verla caer y volver a empezar de nuevo. Prado, Madrid.

Ixión 
Tras obtener el perdón de Zeus por matar al rey Deyoneo, su suegro, Ixión, rey de los lapitas, intentó seducir a Hera, esposa de Zeus. Furioso, el dios lo castigó atándolo a una rueda ardiente que giraba sin cesar y lo precipitó al Tártaro, junto con los grandes criminales. El cruel castigo se muestra en este óleo de Jules-Élie Delaunay, de 1876. Museo de Bellas Artes, Nantes.

LOS NOMBRES DE LOS ROMANOS

INTRODUCCIÓN

La manera en que son nombrados los ciudadanos de un país nos ofrece una información añadida sobre ellos, pues muchas veces son indicadores de una clase social determinada; o pueden ser una marca social que informa de un nacimiento fuera del matrimonio o incluso de un abandono; o incluso pueden informarnos del estado civil de una mujer (p.e. hasta casi finales del siglo pasado la mujer española, aunque civilmente no perdía sus apellidos al casarse, sin embargo, era socialmente conocida como “Señora de …..” y detrás de ese “de” figuraba el apellido del marido; de igual manera tenía la opción de sustituir el segundo apellido por el del esposo precedido de un “de”, para señalar su estado de mujer casada, p.e. Teresa López López era Sra. de García y también podía identificarse como Teresa López de García; o el caso de EEUU donde una mujer puede añadir los apellidos de sus sucesivos esposos detrás del suyo o sustituyéndolo, p.e. Jaqueline Kennedy Onassis, viuda del presidente J. Kennedy y del magnate griego A. Onassis, de soltera Jacqueline Bouvier).

En España, y en un grán número de países, los hombres y las mujeres figuramos inscritos en el registro civil con uno o varios nombres “de pila” y dos apellidos; el primero de ellos generalmente se corresponde con el primer apellido del padre y el segundo suele ser el primer apellido de la madre. Además es frecuente tener otro nombre con el que somos conocidos en la familia o en ambientes muy cercanos afectivamente; se trata generalmente de un diminutivo o de un hipocorístico del nombre propio (Carmencita, es el diminutivo de Carmen y Paco, es el hipocorístico de Francisco); en algunos lugares podemos encontrar añadido al nombre “real” un apodo, propio o heredado, que puede llegar a sustituir al nombre y apellidos reales como forma de identificación ( “beerman” p.e. es el apodo con el que es conocido un personaje amante de la cerveza o “el hortelano” p.e. era el apodo del nieto porque su abuelo tenía una huerta); también en algunos ambientes marginales, policiales, periodísticos o clandestinos leemos o escuchamos un “alias” (sobrenombre, del latín: alius-a-ud, otro) inmediatamente detrás del nombre y apellido/os o como sustitutos de éste (Jaime Arce, “el Solitario” en los ambientes policiales y periodísticos o Felipe González, “Isidoro” en la época de la clandestinidad).

“EL NOMBRE Y LOS APELLIDOS” ENTRE LOS ROMANOS: PRAENOMEN, NOMEN Y COGNOMEN

Praenomen

La palabra praenomen está formada por el prefijo prae- ("antes de") y el sustantivo nomen ("nombre de la familia") y,como indica su significado, iba situada antes del nomen, es decir, antes del “apellido familiar”. Al igual que nuestros nombres era el único que el pater familias, podía elegir y también, como en nuestro caso, ocupaba el primer lugar en el orden de identificación. Pero, a diferencia de la actualidad en que hombres y mujeres tenemos un nombre de pila, éste  nombre personal latino era dado exclusivamente a los varones recién nacidos, siempre que fueran de condición libre y hubieran sido reconocidos por el padre de familia; solía elegirse un nombre habitual en la familia: el nombre del padre, en el caso del hijo primogénito, o el nombre de algún antepasado, en el caso de los restantes hijos varones.

Su uso también difería del actual. Nosotros nos relacionamos normalmente con nuestros nombres y, excepto en ocasiones muy formales, es poco frecuente dirigirnos a alguien por el apellido. Para los romanos, por el contrario, era una forma muy íntima de llamar a alguien, y, por eso, su uso quedaba restringido a la familia o a un círculo de amistades muy cercanas.

Tampoco hay coincidencia en la abundancia de nombres de pila que hay en la actualidad y las escasas decenas de praenomina (plural de nomen) latinos, algunos de los cuales eran de uso exclusivo de determinadas familias. Generalmente, cuando son citados por escrito en las inscripciones o en los documentos, figuran de forma abreviada y puede darse el caso de encontrar abreviaturas diferentes para un mismo praenomen, dependiendo de la fuente de procedencia.

Los praenomina más frecuentes y sus correspondientes abreviaturas son:

Abreviatura
Nombre
Abreviatura
Nombre
Abreviatura
Nombre
Abreviatura
Nombre
A.
Aulus
K.
Kaeso
Mam.
Mamercus
Sex.
Sextus
Ap.
Appius
L.
Lucius
N.
Numerius
Sp.
Spurius
C.
Caius (Gaius)
M.
Marcus
P.
Publius
T.
Titus
Cn.
Cnaeus (Gnaeus)
M'.
Manius
Q.
Quintus
Ti.
Tiberius
D.
Decimus


Ser.
Servius


Algunos praenomina eran utilizados únicamente dentro de una determinada gens, p.e: Kaeso y Numerius eran usados por la Gens Fabia,   Appius  por la Gens Claudia o Mamercus por la Gens Aemilia.

    Nomen

    El nomen de los romanos es el equivalente a nuestro primer apellido y era compartido por todos los miembros de una familia, transmitiéndose de padres a hijos.  Se trata de un gentilicium o nomen gentile (de gens-gentis, f, familia, linaje), que indica la pertenencia a una determinada gens o clan familiar. Hace referencia al primer antepasado común del clan y en el caso de algunas familias romanas patricias éste podía remontarse a los primeros pobladores de Roma e incluso más atrás, como la gens Iulia, a la que perteneció por linaje Cayo Julio César y por adopción el emperador Augusto, cuyos miembros decían descender de Julo Ascanio, el hijo de Eneas, nieto de la diosa Venus y el mortal Anquises. Ejemplo de algunos nomina de personajes romanos más o menos ilustres son: 

    Albanius
    Antonius
    Aurelius
    Calpurnius
    Claudius
    Cornelius
    Fabius
    Flavius
    Horatius
    Hortensius
    Iulius
    Iunius
    Iustus
    Lucius
    Lucilius
    Marius
    Octavius
    Ovidius
    Petronius
    Sallustius
    Sergius
    Tullius
    Valerius
    Vergilius


    El nombre de la gens era el nomen en femenino (Albanius pertenece a la gens Albania, Antonius a la gens Antonia, Valens a la gens Valentia, etc) y los miembros podían ser designados con el nomen en plural: los Albanii son los miembros de la gens Albania, los Antonii lo son de la gens Antonia, los Valentes pertenecen a la gens Valentia...

    Este nombre de familia era el que se usaba en la mayor parte de las circunstancias, en el caso de las mujeres porque era el único que poseían y en el caso de la mayoría de los ciudadanos porque carecían de un tercer nombre, cosa que sí poseían los ciudadanos patricios (aristócratas).

    Cognomen

    lapida El cognomen era un segundo nombre familiar e indicaba la rama concreta a la que se pertenecia dentro de una gens, p.e. Caius Julius Caesar y y el emperador Flavius Julius Valens pertenecían a la misma gens, la gens Iulia, pero uno pertenecía a la rama de los Caesarii y el otro a la de los Valentes.

    El cognomen era en sus orígenes un apodo que se adjudicaba por las más diversas razones: por un objeto asociado a una anécdota (Praetextatus = el de la toga pretexta; Scipio = el bastón; etc.); a un defecto físico (Caecus = ciego, Cicero = el garbanzo, Claudius = cojo, , etc.); a una característica física (Escaurus = el de los ojos verdes, Caesar = peludo, etc ), etc. Muchos de estos apodos se transmitieron de generación en generación hasta convertirse en un segundo nombre familiar que, como he dicho antes,  identificaba una rama concreta de una familia.

    Es difícil saber cuando comenzaron a utilizarse los cognomina socialmente. Empiezan a aparecer en documentos oficiales y legales hacia el año 100 a.C, lo cual explica que encontremos en épocas anteriores a esta fecha ciudadanos de prestigio designados únicamente por el nomen y el praenomen. Si en alguna ocasión encontramos un tercer nombre, suele tratarse de un agnomen o de un cognomen ex virtute, esto es, un título que se otorgaba de forma personal a un personaje bien por sus méritos o bien por una característica personal de su portador.

    Durante los últimos años de la República y a lo largo de todo el Imperio, los ciudadanos romanos que tenían los “tria nomina” (los tres nombres) solían pertenecer, aunque no siempre, a clase social patricia, a la aristocracia romana. Esto explica que personajes tan fundamentales en la historia de Roma como Caius Marius o Cnaeus Pompeius tuvieran únicamente el nombre de pila y el nombre general de la familia. No obstante, cuando un plebeyo se convertía en un "nuevo rico" o en un político o militar destacado, podía obtener un cognomen adoptivo, p.e. Caius Marius cuando toma el cognomen de Caesar al contraer matrimonio con la tía de Julio César.

    En la vida cotidiana, entre comerciantes y negocios, entre colegas y compañeros sería el cognomen lo que se utilizaría para referirse a una persona -y en caso de que careciera de cognomen se utilizaría su nomen-. Cuando se hablaba en un ámbito estrictamente formal, como por ejemplo las sesiones del Senado, generalmente se referían a la persona por sus tres nombres, es decir, su tria nomina.


    Cuando un pater familias no tenía descendencia masculina tenía la posibilidad de adoptar un hijo que continuara la gens. Éste tomaba los tria nomina del adoptante y añadía un cuarto nombre que era su antiguo nomen transformado en adjetivo: el emperador Augusto antes de ser adoptado por Caius Julius Caesar se llamaba Caius Octavius Thurinus. A la muerte de Julio César pasó a llamarse Caius Julius Caesar Octavianus. El sobrenombre de Augusto le es añadido al ser nombrado emperador.

    Algunos personajes conocidos con los tres nombres son

    Cicerón: Marcus (M.) Tullius Cicero
    Julio César: Gaius (C.) Julius Caesar
    Virgilio: Publius (P.) Vergilius Maro  
    Ovidio: Publius(P.) Ovidius Naso

    Ver lista con algunos de los cognomina más frecuentes ▼

    Cognomen ex virtute

    Los hombres con dos o tres nombres podían recibir oficialmente un cognomen ex virtute, esto es, un nombre adicional "honorífico" (agnomen), que usaban por el resto de su vida pero que normalmente no transmitían a los descendientes. Este sobrenombre les era otorgado por alguna hazaña militar sobresaliente o por alguna característica personal destacada, siendo generalmente intransferible:

    Pompeyo: Gnaeus (Cn.) Pompeius Magnus ("El Grande")
    Escipión: Publius (P.) Cornelius Scipio Africanus ("Conquistador de África")
    Publius Cornelius Sulla Felix ("El Afortunado")

    Cuando las hazañas del personaje eran espectaculares, los descendientes a veces conservaban el agnomen durante un número de generaciones, generalmente hasta que se extinguía el recuerdo de la hazaña gloriosa del antepasado. Por ejemplo Publius Cornelius Scipio, después de sus victorias militares en África, pasó a llamarse Publius Cornelius Scipio Africanus. Como este era un agnomen, su hija, la madre de los mismísimos hermanos Graco, era conocida como Cornelia Africana; sin embargo los hermanos Graco, nietos del Africano, no heredaron dicho agnomen.

    Había familias que, al carecer de un cognomen, mantenían el agnomen  a lo largo del tiempo, hasta que llegaba a convertirse en un cognomen y a ser usado como tal.

    EL NOMBRE DE LAS MUJERES EN LA ROMA ANTIGUA

    En los primeros tiempos de la República las mujeres generalmente sólo recibían el nombre de la gens a la que pertenecían, que era la versión femenina del nomen paterno. Por ejemplo la hija de un Julius se llamaría Julia, en caso de una segunda hija la mayor se llamaría Julia Maior y la menor Julia Minor; en caso de que nacieran más hijas se llamarían Julia Prima, Julia Secunda, Julia Tertia.

    En el final de la República y en la época imperial las mujeres pasan a heredar el cognomen paterno, pero en su versión femenina, como ya lo venían haciendo los hijos varones. Por ejemplo, la esposa de Augusto, Livia Drusilla,  era hija de Marcus Livius Drusus y heredó tanto su nomen (Livia) como su cognomen en su versión femenina (Drusilla). También en la época imperial si una mujer había sido hija o nieta de un hombre distinguido no cambiaba su nomen por el de la gens de su marido al contraer matrimonio (pero si se casaba con un hombre de linaje más distinguido podía cambiarlo y tener mejor posición social ), es el caso de Julia, la hija del emperador Augusto, casada con Marcus Vipsanius Agrippa. La primer hija de este matrimonio es llamada Julia y no Vispsania, ya que el nomen de la gens Julia era de mayor prestigio que el de Vispsanius.

    EL NOMBRE DE LOS ESCLAVOS Y DE LOS LIBERTOS

    Un esclavo podía tener un nombre dado por su dueño o consevar su antiguo nombre, en el caso de que hubiera sido capturado. Si llegaba a obtener la libertad y por tanto a convertirse en liberto toma el praenomen y el nomen de su dueño o el del padre o esposo de su dueña, dejando su antiguo nombre como cognomen. Por ejemplo, el escritor Livio Andrónico fue el pedagogo de los hijos de la gens Livia. Cuando sus dueños le concedieron la libertad, adoptó el nomen de Livio conservando como cognomen su antiguo nombre de esclavo: Andrónico.